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Doce semanas para hacer Memoria: Esta semana #HMLaicos

 

La Iglesia comenzó en el mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMLaicos

 

 

En el momento de nuestra incorporación a la Iglesia, en el día del bautismo, pasamos a ser parte del grupo más numeroso de los que forman este Pueblo de Dios. Somos fieles laicos con una consagración única, la recibida en el bautismo. Esta elección de Dios, confirmada después con el don del Espíritu Santo, se mantiene en el tiempo y es fuerza y señal del compromiso que adquirimos para participar, como laicos, en la misión de la Iglesia.

 

El lugar en que se realiza la consagración de los laicos es el mundo. El mandato del Señor en el Génesis: “moveos por la tierra y dominadla” (Gn 9,7) es llamada a la presencia de los laicos en todas las circunstancias de la vida para colaborar en la organización del común: en las instituciones públicas, políticas o económicas, en las organizaciones sociales, vecinales, profesionales, culturales o deportivas. Trabajar, como dice el Concilio buscando “el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (Lg 31). Pero ese dominio al que nos llama la Biblia es un dominio desde el servicio, como enseña Jesús: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

 

 

Es muy grande la diversidad de situaciones y circunstancias que hoy existen en el mundo, sometidas además a una constante evolución. La crisis económica, social y sanitaria exige un compromiso activo, los problemas derivados de la guerra y de los conflictos en tantos lugares del mundo precisan también respuestas rápidas y globales. Los cristianos en este tiempo tenemos una misión que realizar desde el compromiso y la entrega generosa de sus capacidades, de su tiempo y de sus habilidades para construir el Reino de Dios. Necesitamos para ello una vida de gracia, cercana al Espíritu que sostiene, una comunidad de referencia, una familia que acoja y sostenga en los momentos de dificultades y una implicación personal en el mundo con criterio de servicio, colaboración y escucha mutua.

Los fieles laicos miramos al mundo cara a cara con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales presentan problemas y dificultades graves. Es nuestro lugar y nuestro tiempo para la caridad política, la que implica a todos los bautizados a proponer un ordenamiento del común basado en la doctrina social de la Iglesia que pueda dar respuesta cristiana a las situaciones planteadas.

Los fieles laicos estamos llamados a acoger el llamamiento de Cristo a trabajar en el Reino, a ser parte activa, consciente y responsable de la misión de la Iglesia en el tiempo presente y hasta el final de la historia

 

Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria: Esta semana #HMMisiones

 

La Iglesia comenzó en el mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMMisiones

 

El anuncio del Evangelio es un mandato del Señor que afecta a todos los cristianos. Todos los bautizados están llamados a difundir la fe que han recibido en la familia, en la catequesis, en la parroquia, en la celebración. La fe se conserva en el corazón, se alimenta en la oración, pero se comparte con la palabra, con el ejemplo, incluso con la propia vida.

Aunque todos somos llamados al anuncio, algunos son llamados a consagrar la vida entera a ese anuncio. Son llamados a cumplir con el «id por todo el mundo y anunciad el Evangelio» en toda su extensión. Así, son miles de hermanos nuestros los que lo han dejado todo para ganarlo todo. Han dejado su familia, su trabajo, su tierra para para ganar una familia y una tierra trabajando para el Señor.

Conscientes de que la mayor pobreza es no conocer a Jesucristo, los misioneros buscan liberar a las personas de todas las otras pobrezas: de la falta de educación, de la falta de salud, de la falta de medios de subsistencia para que, una vez, liberados puedan acoger libremente a Jesucristo. La evangelización culmina con la incorporación a la Iglesia, con la fe recibida que acaba encarnada en una nueva persona, en una nueva familia, en un nuevo territorio de misión.

 

 

La misión de la lglesia que afecta a todos se sostiene con la oración de miles de personas consagradas y de comunidades cristianas que rezan por los misioneros. También se sostiene en la ayuda económica que a través de diversas organizaciones se les hace llegar. Es otra forma de participar en la misión de la Iglesia y de hacer real el compromiso con el anuncio del Evangelio de todos los bautizados.

De esta manera, religiosas, religiosos, sacerdotes y laicos, también, cada vez más, familias enteras se arraigan en una tierra nueva para hacer presente El Señor y a su Iglesia. Lo hacen en primer lugar con el testimonio de su vida desde la escucha orante de lo que el pueblo concreto con el que viven necesita. Después con el trabajo al servicio de la comunidad, en lo material y en lo espiritual. Y siempre con el afán de que, en el tiempo, vayan surgiendo vocaciones nativas que implican ya la continuidad de la vida cristiana.

Nunca como hoy ha habido tantos seguidores de Jesucristo en esta tierra. El trabajo fecundo de aquellos primeros doce ha dado fruto en todo el mundo. Pero también, al mismo tiempo, hay que reconocer que nunca como hoy hay tanta gente en el mundo que no conoce al Señor. Esta convicción debe remover a todos los cristianos para asumir un compromiso misionero en la propia tierra, en el propio vecindario y hasta los confines del mundo.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria: Esta semana #HMCatequesis

 

La Iglesia comenzó en el mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMCatequesis

 

 

El servicio del catequista dentro de la Iglesia es muy antiguo. Ya en el Nuevo Testamento encontramos que se llama maestros a los encargados de enseñar la vida cristiana a los que van a recibir el bautismo y el mismo evangelista Lucas escribe su evangelio con afán de transmitir las cosas que se han vivido en su tiempo para dar una enseñanza sólida y segura y fuerza a cuantos han recibido el Bautismo.

Desde sus orígenes, la comunidad cristiana ha ido generando nuevos ministerios para el desarrollo de su misión. Unos ayudan en la celebración de la eucaristía, otros sirven a los necesitados, otros colaboran en el anuncio del Evangelio, entre los más lejanos, como los misioneros, y entre los más cercanos.

Son los catequistas, más de 85.000 en la Iglesia en España los que han recibido el encargo de la Iglesia de acompañar en la fe, por medio de la formación, a quienes se preparan para dar un paso más en la vivencia de esa fe. Es el Espíritu Santo el que mueve el corazón de los cristianos para servir a la Iglesia en cualquiera de sus servicios, también en el de catequista.

 

 

 

Catequistas son los bautizados que ejercen en la comunidad el servicio de transmitir la enseñanza de los apóstoles, de los evangelistas y de toda la Iglesia de manera organizada, en estrecha relación con las circunstancias del tiempo presente y de las circunstancias en que viven los catecúmenos.La Iglesia reconoce este servicio como una expresión concreta del carisma personal que ayuda notablemente al crecimiento de la misión evangelizadora.

La historia de la evangelización de estos dos milenios muestra la eficacia de la misión de los catequistas. Laicos, hombres y mujeres animados por una gran fe y auténticos testigos de santidad que, en algunos casos, fueron además fundadores de Iglesias y llegaron incluso a dar su vida al servicio de la catequesis, a fin de que la fe fuese un apoyo válido para la existencia de cada persona.

Algunos, además, reunieron en torno a sí a otros hermanos y hermanas que, compartiendo el mismo carisma, constituyeron órdenes religiosas dedicadas completamente al servicio de la catequesis.

También en nuestros días, muchos catequistas capaces y constantes están al frente de comunidades en diversas regiones y desempeñan una misión insustituible en la transmisión y profundización de la fe. Para continuar esa misión, el Espíritu llama a nuevos catequistas que salgan al encuentro de todos los que esperan conocer la belleza, la bondad y la verdad de la fe cristiana.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria: Esta semana #HMMigraciones

 

La Iglesia comenzó en el mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMMigraciones

 

La humanidad se mueve. Desde tiempo inmemorial las personas se desplazan de su lugar natural a otras tierras con la legítima aspiración de encontrar una vida mejor. Lo hacen por motivos diversos, aunque en el fondo está siempre el mismo: mejorar su calidad de vida. En general, en el origen de la inmigración están las dificultades graves para encontrar una vida digna en el propio espacio vital.

En ocasiones lo que lleva a cambiar de tierra es la inestabilidad social o política del lugar en el que viven o la presencia de un conflicto violento que obliga a salir del propio hogar, con todo lo que eso significa. En otros casos es la dificultad para encontrar un trabajo digno o el acceso a una educación que permita tener un futuro mejor. En ocasiones es la persecución política o religiosa de personas lo que motiva cambiar de vida.

La aspiración a mejorar la propia vida o a garantizar las condiciones para una supervivencia digna es legítima. Todos deseamos permanecer en la tierra en la que hemos nacido, pero no siempre es posible. Los inmigrantes llegan a los países de acogida por los cauces previstos para poder realizar una integración que va más allá de la simple acogida y pasa por la protección y la promoción personal. Al mismo tiempo, cuando se dan condiciones repentinas y graves también resulta conveniente facilitar los trámites para esa inmigración.

 

 

Las catástrofes humanitarias o las guerras ocasionan un desplazamiento de personas que tenían un modo de vida establecido que, repentinamente ha desaparecido. En estos casos es necesaria una mirada amplia que responda eficazmente a las necesidades urgentes que se suscitan, atendiendo a la dignidad de cada persona y mirando al que sufre desde el respeto y la misericordia.

La Iglesia propone una acogida inmediata de todos los que se ven obligados a salir de su país para proteger su integridad personal o su propia vida. Pero el proceso no se acaba en una simple acogida. Al mismo tiempo que se acoge debe protegerse a la persona de todas aquellas causas que ocasionaron la inmigración: la pobreza, el hambre, la violencia,… Una vez que se han resuelto las condiciones básicas de vida, es necesaria la promoción de la persona. Permitirle acceder a los cauces de promoción personal y humana que rigen en la sociedad que acoge: de manera especial garantizar el derecho a la educación y a los recursos básicos.

El proceso termina con la integración de las personas en la sociedad en la que viven, aportando su propia experiencia vital, sus conocimientos, sus tradiciones. Se produce así un enriquecimiento cultural que se ha vivido en la historia a partir de cualquier movimiento migratorio.

 

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Doce semanas para hacer Memoria: Esta semana #HMLiturgia

 

La Iglesia comienza en este mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMLiturgia

 

Una palabra del Señor en la última cena alumbra una nueva misión para la Iglesia naciente. Los apóstoles reciben en aquel momento una nueva encomienda: “Haced esto en memoria mía”. Lo que Jesús les ha mandado hacer es la celebración de la eucaristía, renovar y actualizar el misterio de la cruz. Decir al mundo “tomad y comed, es mi cuerpo”, “tomad y bebed, es mi sangre”.

No es un mandato menor: el sacramento de la eucaristía es el núcleo central de la celebración y de la Iglesia misma por eso se afirma que es fuente y culmen de la vida cristiana. Sin eucaristía no hay vida cristiana no hay Iglesia. Se afirma con rotundidad que, de la misma forma que la Iglesia hace la eucaristía -la celebra-,la eucaristía construye la Iglesia, la edifica, la sostiene. En la eucaristía está Jesús vivo unido a su cuerpo que es la Iglesia, por eso, quien participa de Él en la comunión participa de un encuentro salvador.

La fe que la Iglesia anuncia se tiene que convertir rápidamente en una fe celebrada. No se queda en los libros, salta a la vida de una comunidad y de las personas que forman parte de ella. La liturgia vela para que cada una de esas celebraciones, que son llamadas sacramentos, transmitan fielmente la fe de la Iglesia y vehiculen la vida de la gracia.

 

 

No es la eucaristía el único sacramento. Este misterio de Cristo se continúa en la Iglesia, en la que está presente Cristo y siempre le sirve, especialmente a través de aquellos signos instituidos por Él mismo, que significan y producen el don de la gracia, que son designados con el nombre de sacramentos. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece la siguiente definición: “Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina”.

Los sacramentos de la Iglesia -bautismo, eucaristía, confirmación, confesión, unción de enfermos, orden sacerdotal y matrimonio- corresponden a las etapas y los momentos importantes de la vida del cristiano y tienen un cierto paralelismo con la vida natural: le dan origen, la alimentan, la curan y la impulsan al servicio de los demás, al encuentro del otro.  Por eso, en cada celebración del sacramento hay una auténtica celebración cristiana que se transmite a toda la comunidad.

La celebración cristiana no solo supone la fe, también la fortalece, la acrecienta y la expresa con palabras y acciones. Centenares de fiestas y lugares sagrados, además de expresiones de la religiosidad popular, tienen su origen y centro en la vida sacramental. El fruto de la vida sacramental es a la vez personal y eclesial.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria: #HMTrabajo

 

La Iglesia comienza en este mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMTrabajo

 

Hay muchas formas de entender el trabajo. Posiblemente tantas como personas. Como castigo, como fortuna, como oportunidad, como necesidad. Cada persona lo vive según su propia experiencia. En los últimos años, el trabajo se ha unido más a la expresión “modo de ganarse la vida” que a la idea de “camino para la realización personal”. Y en realidad es ambas cosas: el trabajo es, durante muchos años, el modo de ganarse la vida; pero siempre es el camino para la realización personal, para el desarrollo de la propia humanidad.

Esos trabajos que te hacen crecer como persona comienzan muchas veces en el hogar y no están vinculados a un salario sino estrictamente al bien común.Son los trabajos de los niños y los jóvenes: ordenar la habitación, hacer la cama, bajar la basura, comprar el pan,… Con ellos se hacen conscientes de que forman parte de una familia en lo que todos sirven a todos según sus posibilidades y según sus capacidades. En esos trabajos se aprenden virtudes humanas que servirán para siempre mejorando la vida propia y la ajena: generosidad, entrega, laboriosidad, orden, puntualidad,…

Quien aprende eso en la familia, estará después mejor dotado para el trabajo en beneficio de la comunidad. En muchos pueblos, con cierta regularidad, se convoca a los vecinos algunos días para trabajar en pequeñas obras locales o servicios puntuales que mejoran la vida de todos. En este servicio, también sin salario, la comunidad queda mejorada por los esfuerzos colectivos de quienes forman parte de ella.

 

 

Al mismo tiempo, la persona que se involucra en ese beneficio común, también recibe su parte: sale de sí mismo, amplía sus horizontes, suma esfuerzos, comparte objetivos, alcanza metas que por sí solo nunca habría alcanzado. Es lo mismo que se produce en los trabajos de voluntariado, trabajos profesionales y valiosos que se entregan gratuitamente para el bien de todos y de uno mismo. En muchos lugares, estos trabajos voluntarios sostienen la acción imprescindible de la sociedad y de la misma Iglesia. La vida de caridad, por ejemplo, tiene su fundamento en el tiempo y las capacidades de muchas personas que se entregan como expresión visible e imprescindible de su vida cristiana.

Estos trabajos, los que sirven a los más cercanos como la familia o los que ayudan a la sociedad a la que se pertenece, no están vinculados ni a la edad ni al salario.Siempre son posibles y necesarios y descubren la verdad profunda del trabajo: que el trabajo humaniza, ayuda a construir la propia humanidad del que trabaja y de aquellos hacia los que orienta su trabajo.Da igual la edad, da igual el contenido, da igual el modo, el trabajo humaniza y por eso, desde el Génesis se afirma que el hombre está en el Paraíso para el trabajo propio del jardín del Edén, para cultivarlo y cuidarlo, para trabajarlo.

Durante una parte importante de la vida, el trabajo va unido a un salario que permite sacar adelante la propia vida, la familia y la sociedad. En ocasiones ese trabajo no satisface las propias expectativas pero siempre debe cumplir al menos dos objetivos: poder obtener los recursos necesarios para vivir y mejorar la sociedad en la que se realiza.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria: #HMFamiliayVida

 

La Iglesia comienza en este mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMFamiliayVida

 

Todas las instituciones sufren, en este tiempo, los cambios fuertes y las transformaciones profundas y rápidas en la sociedad y en la cultura. La familia los padece de un modo más íntimo pues en muchos casos, esas transformaciones se dirigen a modificar su esencia ampliando su definición: cuando todo es familia, nada es familia. En este contexto, la Iglesia, que se describe a sí misma como familia de familias y que es consciente de que la familia es uno de los bienes más valiosos de la humanidad, reconoce la aportación insustituible de la familia, defiende sus valores y anima y sostiene a quienes han decidido sacar adelante con libertad su propio proyecto familiar.

 

La familia es la primera institución humana. El amor fecundo entre el hombre y la mujer están en el corazón de la naturaleza humana. La igual dignidad de ambos y su valiosa complementariedad sostienen una relación que permite a los hijos que nacen de ella un entorno seguro en el que poder desarrollar su humanidad protegidos por el amor de sus padres. Además, un ambiente familiar de protección, respeto y libertad que se basa en el amor es el mejor ambiente para el desarrollo de los rasgos personales de los hijos y su maduración.

 

 

En la familia se realiza de manera primera y fundamental la vocación genuina del ser humano que es el amor. El amor está en el origen de la existencia y en la vocación final de cada persona: somos creados por amor y somos creados para el amor. Los vínculos que se establecen en la familia entre el varón y la mujer, entre los padres y los hijos, entre los hermanos, son relaciones de amor. Esa relación se entreteje de entrega y sacrificio. Sostiene a sus miembros en los momentos de dificultades y los impulsa hacia delante en los momentos favorables.

De la misma forma que cada persona es imagen de Dios y en ello radica su dignidad infinita, cada familia es imagen del amor de Dios en sus tres personas y está llamada a una comunión entre sus miembros. La Iglesia propone esta mirada a la familia y por eso se ofrece a ella y se entrega para hacerla visible en este tiempo y en esta sociedad concreta.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria: #HMReligiosidadPopular

 

La Iglesia comienza en este mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMReligiosidadPopular

 

La Semana Santa, el Camino de Santiago, el Rocío, Loyola, El Pilar, Ávila, Montserrat, Montilla, los santuarios marianos, las ermitas… miles de lugares se convierten en un punto de llegada para los cristianos que, movidos por la fe, acuden a renovar sus promesas, a reencontrarse con sus historias y su tradición, a compartir una esperanza, a sanar el corazón.

 

El pueblo cristiano ha encarnado la fe de la Iglesia en su realidad cotidiana, en su entorno concreto, junto a las otras tradiciones que ya vivía. Vive una religiosidad popular que une lo trascendente y lo inmediato, lo cercano y el más allá. Lo hace para establecer y hacer visible una especial relación con Dios, con la Virgen María, con los santos. Busca mover la voluntad de Dios, pedir su protección, su ayuda, su compasión. La mirada a María y a los santos pretende sobre todo su intercesión ante necesidades del mundo o ante las pequeñas dificultades personales del día a día. En otras ocasiones, es el agradecimiento por los bienes recibidos lo que origina una peregrinación, una marcha, un encuentro.

 

En cada una de esas expresiones de la religiosidad popular la gloria de Dios, el hombre vivo, recorre las calles, acompaña a las imágenes de los santos como pueblo de Dios, eleva sus oraciones y súplicas, se compromete con los necesitados, se propone cambiar de vida. Son en el fondo una nueva posibilidad del encuentro con Dios que cambia la vida.

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El papa Francisco señala en Evangelii Gaudium la idea de que los pueblos en los que el Evangelio ha permeado la cultura se hacen protagonistas de la evangelización, del modo de llevarla a cabo y transmiten la fe de manera siempre nueva. En cada lugar, el Pueblo de Dios traduce en su propia vida y experiencia lo que ha recibido de Dios a través de la Iglesia y lo hace según sus rasgos característicos. Al mismo tiempo,cuando comunica su fe la enriquece con nuevas expresiones que permiten también una nueva evangelización del mismo pueblo y de su entorno.“Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal” (EG 69).

 

La religiosidad popular, dirá Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi hace visible una “sed de Dios que solamente los pobres y los sencillos pueden conocer” (EN 68).  De hecho, a través de esta piedad, el pueblo sencillo es capaz de asomarse a la profundidad de Dios como su paternidad, su cuidado amoroso de todas las criaturas, la providencia que cuida de los hombres, su presencia constante, la maternidad de María. Al incorporar estos rasgos a su vida, el pueblo desarrolla un profundo sentido de la cruz en su vida cotidiana, la aceptación de los demás, la paciencia, la devoción.

 

El pueblo fiel que se enriquece en estos encuentros populares con el Dios vivo, tiene en ellos no sólo un punto de llegada que satisface un ansia de eternidad, sino un punto de partida para una misión de anuncio, de proclamación sencilla del Evangelio en la vida diaria. Esos puntos de llegada son también un punto de salida. Desde ellos, con la fe reforzada al ser compartida se proyecta una salida misionera. Quienes van de peregrinación vuelven con el propósito de compartir esa fe, esa experiencia, y hacerla viva en la vida de los demás. La religiosidad popular expresa la evangelización de un pueblo al mismo tiempo que evangeliza al pueblo.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Doce semanas para hacer Memoria

 

La Iglesia comienza en este mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas queremos traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Queremos dar a conocer el trabajo de centenares de miles de personas que, desde su compromiso cristiano, entregan lo que tienen para el bien de todos: su tiempo, sus capacidades, sus donativos, sus bienes,… incluso la vida entera. Somos conscientes, como dice el Papa, de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece, pero estamos seguros de que lo más valioso es el bosque crece, que da frutos, que lleva a cabo lo que se espera de él, en silencio, sin prisa pero sin pausa.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

 

 

Esta semana #HMEducacion

 

La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad y, de hecho, es la base del progreso humano, tanto personal como comunitario. El mundo avanza cada paso sobre el conocimiento que ha sido recogido y compartido por las generaciones anteriores hasta nuestros días y ahora somos nosotros los que contribuimos a ese progreso con la educación.

 

Consciente de su importancia, la Iglesia se implica desde hace siglos creando instituciones educativas en todos los niveles, desde la tierna infancia hasta la enseñanza universitaria o profesional y la formación de adultos. Numerosas congregaciones y organizaciones de la Iglesia tienen en su carisma la educación en cualquiera de sus formas: salesianos, hermanos de La Salle, maristas, escolapios y un sinfín de otras organizaciones se involucran en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna a través de la educación.

 

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Noticia extraída de www.conferenciaepiscopal.es

Claves sobre cómo hacer realidad la Sinodalidad

El pasado sábado 26 de marzo tuvo lugar la Conferencia online “¿Cómo hacer realidad la Sinodalidad?” impartida por D. José San José, operario diocesano y catedrático y decano de la Facultad de Derecho Canónico de la UPSA. En esta jornada que fue organizada por la Comisión Episcopal para Laicos, Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española, participaron unas 1.200 personas online.

El acto fue presidido por el arzobispo de Zaragoza y presidente de la Comisión Episcopal para Laicos, Familia y Vida, D. Carlos Escribano y moderado por con Eva Fernández, miembro del Consejo Asesor de Laicos y presidenta de Acción Católica General. También estuvieron presentes los miembros del Consejo Asesor de Laicos.

Durante la intervención, se unieron más de 1.200 personas interesadas en el proceso sinodal como los diferentes delegados diocesanos de Apostolado Seglar, miembros de movimientos, asociaciones e Institutos de Vida Consagrada y congregaciones, docentes católicos, así como los responsables y miembros de los equipos sinodales de las diócesis.

D. José San José Prisco, explicó dos aspectos relacionados sobre la sinodalidad que justifican la reforma propuesta por el Papa. En la primera aportación, se ha referido a la verdadera y falsa sinodalidad. La segunda intervención ha versado sobre la colaboración de los laicos, desde su propia vocación, en la tarea de hacer camino juntos en las estructuras de la Iglesia diocesana.

El ponente recordó los pasos dados desde el Concilio Vaticano II y la profundización en la teología del Pueblo de Dios que ha tenido un último despliegue en la constitución apostólica Episcolapis Communio de 2018, promulgada por el Papa Francisco. El decano explicó la utilidad y versatilidad del Derecho Canónico al servicio de la misión de la Iglesia, pero subrayando la identidad de ésta para no desvirtuar lo que significa verdaderamente la sinodalidad. “La Iglesia es Pueblo de Dios, es comunión y es sinodal y el Código de Derecho Canónico es un instrumento necesario para poner en marcha este proceso, siempre en estrecha colaboración de forma interdisciplinar con la Teología” insistió. También destacó que la sinodalidad es inclusión y en ella confluyen tres elementos: la consulta al Pueblo de Dios –incorporada por el Sínodo de los Obispos como elemento imprescindible en el proceso sinodal–, el discernimiento en común, y la toma de decisiones. “Los fieles laicos tienen mucho que aportar a este proceso, participando activamente a través de las estructuras diocesanas, que ya existen, o creando nuevos espacios de participación”.

Para el especialista en derecho canónico, el camino sinodal es un camino de escucha del Espíritu, y una llamada a la conversión personal, comunitaria y eclesial. “Es un camino de conversión espiritual y pastoral que exige actitudes nacidas del Espíritu para su puesta en práctica”, aseguró. El verdadero valor, según San José Prisco, es conseguir una Iglesia renovada que se alimente escuchando la Palabra de Dios, a partir de la tradición recibida, y con un proceso de revisión sobre la forma de estar y de actuar de los cristianos.

José San José Prisco es autor del libro Sinodalidad. Perspectivas Teológicas, Canónicas y Pastorales, recientemente publicado por la editorial Sígueme.

 

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Noticia extraída de: www.laicos.conferenciaepiscopal.es/