Día 4. Semana de oración por la unidad de los cristianos: “Orar unidos”

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Día 4: Orar unidos

«Ya no os llamaré siervos… A vosotros os llamo amigos»

(Juan 15, 15)

 

 

 

Romanos 8, 26-27. El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad

Asimismo, a pesar de que somos débiles, el Espíritu viene en nuestra ayuda; aunque no sabemos lo que nos conviene pedir, el Espíritu intercede por nosotros de manera misteriosa.

Y Dios, que sondea lo más profundo del ser, conoce cuál es el sentir de ese Espíritu que intercede por los creyentes de acuerdo con su divina voluntad.

Lucas 11, 1-4. Señor, enséñanos a orar

Una vez estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó de orar, uno de los discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, al igual que Juan enseñaba a sus discípulos». Jesús les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a quienes nos hacen mal. Y no permitas que nos apartemos de ti».

Meditación

Dios ansía relacionarse con nosotros. Nos busca como buscaba a Adán, llamándolo en el jardín: «¿Dónde estás?» (Gén 3, 9)

En Cristo, Dios vino a nuestro encuentro. Jesús vivió en oración, íntimamente unido a su Padre, mientras establecía relaciones de amistad con sus discípulos y con todos lo que encontraba. Les dio a conocer lo que era más preciado para él: la relación de amor con su Padre, que es también nuestro Padre. Jesús y los discípulos, arraigados en la riqueza de su tradición judía, cantaron salmos juntos. En otras ocasiones, Jesús se retiraba para orar en soledad.

La oración puede ser individual o compartida con otros. Puede expresar asombro, queja, intercesión, acción de gracias o simple silencio. A veces el deseo de rezar está ahí, pero se tiene la sensación de no poder hacerlo. Dirigirse a Jesús y decirle «enséñame» puede allanar el camino. Nuestro mismo deseo, es ya oración.

Reunirse en un grupo nos ofrece apoyo. A través de himnos, palabras y silencio, se crea comunión. Si rezamos con cristianos de otras tradiciones, nos sorprenderá sentirnos unidos por un vínculo de amistad que proviene de aquel que está más allá de toda división. Las formas pueden variar, pero es el mismo Espíritu quien nos une.

En lo cotidiano de nuestra oración común, el amor de Jesús brota dentro de nosotros, no sabemos cómo. La oración común no nos exime de la oración personal. La una sostiene a la otra. Dediquemos un tiempo cada día para renovar nuestra intimidad personal con Jesucristo.

La regla de Taizé en francés e inglés (Sociedad para la Promoción del Conocimiento Cristiano, Gran Bretaña), pp. 19 y 21

Oración

Señor Jesús, toda tu vida fue oración, perfecta armonía con el Padre.

A través de tu Espíritu, enséñanos a orar según tu voluntad de amor.

Que los fieles del mundo entero se unan en intercesión y alabanza y que venga tu reino de amor.

 

Fuente: Conferencia Episcopal Española